Páradais, de Fernanda Melchor: Las trampas del deseo

Páradais, de Fernanda Melchor: Las trampas del deseo

Fernanda Melchor hace del deseo un sentimiento que desencadena en violencia y tragedia: una realidad alejada de la candidez de Carlitos ante Mariana.

Andrea Martínez[1] | Tempo de lectura: 6 min.

 

Polo y Franco Andrade, el gordo, son dos adolescentes que se valen del alcohol para escapar de su realidad. El primero, de la miseria, de su trabajo opresivo en el condominio residencial Paradise y del miedo que le provoca la idea de haber embarazado a Zorayda, su prima. El gordo, por su parte, vive en el hastío; su único deseo es hacer suya a la nueva vecina del fraccionamiento, Marián, la esposa de un presentador de televisión y madre de dos niños.

Sin embargo, el deseo de poseer —uno libertad y el otro a Marián— los convierte en esclavos de sus pulsiones, a tal extremo, que ven en el crimen la única manera de conquistar sus anhelos. Esta es la premisa de Páradais (Random House, 2021) https://bit.ly/3uakjNt, la reciente novela de Fernanda Melchor (Veracruz, México, 1982), que causó revuelo en la crítica literaria y en público lector antes de su lanzamiento. Y es que luego de que su novela Temporada de huracanes (Random House, 2017)https://bit.ly/3feDHol ganara el Premio Internacional de Literatura 2019, se tradujera a más de 15 idiomas, fuera nominada al Premio Man Booker International y el diario español El País la ubicara en el puesto 28 de los 100 mejores libros del siglo XXI, el mundo literario ya esperaba esta nueva entrega. 

¿Qué podrá percibir el lector en Páradais? El olor a agua rancia del río Jamapa, el calor húmedo de la costa, la nube de mosquitos hambrientos y el sonido de los grillos que cantan en la maleza que rodea el condominio, un oasis de confort y opulencia que cuenta con seguridad privada, alberca y calles adoquinadas, mientras que afuera el apocalipsis domina el día a día.

Asimismo, las emociones, los deseos y la tensión se mantienen hasta el final de la obra, gracias al recurso estilístico de esta novela corta, el cual puede describirse, según la propia Melchor, como una pintura con pinceladas muy cortas pero lo más abarcadoras posibles[2], que se traducen en frases breves y fuertes.

Los personajes, por su parte, están construidos con inhibiciones, carencias afectivas y miedos. Por ejemplo, Polo padece el carácter de su madre, una mujer castrante que administra el dinero de su hijo. Él, además, necesita una figura masculina en quien refugiarse. Primero fue su abuelo, quien iba a enseñarle a construir un bote, pero falleció.

Su único consuelo hubieran sido las herramientas del viejo, pero la madre de Polo prefirió venderlas, a pesar de que “eran su herencia, su derecho, las sierras hechizas, las gubias y escoplos artesanales que su abuelo había confeccionado a lo largo de los años”. ¿Este no es, acaso, un guiño al cuento “Es que somos muy pobres” de Juan Rulfo?:

Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja.[3]

Igual que Tacha, a la que se le presenta la opción de irse por el camino ancho gracias a sus hermanas, Polo busca con desesperación a su segunda figura masculina, Milton, para que lo ayude a ser parte del grupo criminal que controla la zona, pero necesita hacerlo antes del parto de Zorayda.

Mientras que el gordo, a pesar de que es hijo de un abogado influyente, vive con sus abuelos, quienes con sus escasas energías intentan mantener en orden a su nieto sexópata, cuyo único quehacer durante el día es masturbarse, ver pornografía y alimentar sus deseos por Marián.

Por la noche se escapa del residencial para ir a la casona abandonada de la Condesa Sangrienta —infaltable elemento fantástico en la narrativa de Melchor—, donde se emborracha con Polo hasta la madrugada: “Así empezó todo, les diría. Con esa peda […] que a los pocos días repitieron, gracias al dinero que el gordo le chingaba a sus abuelos y con el que Polo compraba chupe”.

Y no es que fueran amigos, más bien tiene una relación simbiótica: el gordo sabe que la única forma de satisfacer sus deseos sexuales es violando a Marián, pero necesita la ayuda de Polo para amordazar a la familia. Él, por su parte, “Le echaría el guante a las joyas y los relojes, a las consolas y las pantallas, y se pelaría en chinga a buscar a Milton”.

Igual que en Falsa liebre (Almadía, 2013) y Temporada de huracanes (Random House, 2017), Melchor vuelve a explorar temas como el tedio, los vicios, la discriminación, la violencia, el crimen, la sexualidad, los tabúes y la pobreza. Sin embargo, esta obra tiene dos giros interesantes.

En primer lugar, la pobreza: todos los personajes de sus primeras novelas vivían en condiciones de miseria —por lo que algunos críticos han tachado a Melchor como determinista—, pero en Páradais, el gordo goza de condiciones económicas acomodadas. Esta disparidad entre él y Polo podría servir como un símbolo: a pesar de la lucha de clases, las pasiones humanas hermanan a burgueses y proletarios.

En segundo lugar, el rol de la mujer. Melchor presenta a sus personajes femeninos como dueñas de sus decisiones. La mamá de Polo, por ejemplo, a base de esfuerzos consiguió un cargo administrativo en la empresa que ofrece el mantenimiento al fraccionamiento donde trabaja su hijo. Por otro lado, la autora se refiere a quien controla el grupo criminal de este microcosmos narrativo, como una mujer a la que los hombres más despiadados no miran a los ojos.

Incluso Zorayda —una joven sin educación sexual e ignorante de los impulsos de su cuerpo— sometió a su primo cuando apenas era un niño. Sin embargo, cuando él creció e intentó vengarse para reconstruir su dignidad, ya “no lo dejaba tranquilo; él había querido humillarla y lastimarla, pero la muy cochina había quedado prendada de su violencia y a cada rato quería andarlo ordeñando, como si Polo fuera una vaca”. Así establecieron un círculo vicioso de venganza, placer y culpa, que derivó en una relación incestuosa que terminó en embarazo.                  

A Fernanda Melchor se le ha relacionado con José Revueltas y Juan Rulfo, pero en Páradais se percibe que también pertenece a la genealogía de José Emilio Pacheco, y esta novela corta es un abierto homenaje —sádico, sucio, brutal, pero homenaje al fin—, al autor de Las batallas en el desierto (1981) https://bit.ly/3vn6PPu.

Este homenaje no sólo se ve en el epígrafe que abre esta novela, en la similitud fonética de los nombres de las mujeres que son objeto de deseo —Mariana, el personaje de Pacheco, y Marián, el de Melchor—, sino en el adolescente que se enamora de una mujer mayor; sin embargo, la novelista veracruzana hace del deseo un sentimiento que desencadena en violencia y tragedia: una realidad alejada de la candidez de Carlitos ante Mariana.

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[1] Egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Ha publicado crónica y artículos en los suplementos RSVP y Pimienta del periódico Excélsior. Es redactor del Boletín Jurídico Porrúa y colaborador del área de Comunicación y Relaciones Públicas de Grupo Porrúa.

[2] https://confabulario.eluniversal.com.mx/paradais-fernanda-melchor/

[3] Rulfo, Juan. El llano en llamas. 1953.  

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